
desde que José Luis (@FranJuice), en su blog, hizo una reflexión muy interesante sobre el #FollowFriday me dio por pensar si lo que iba haciendo era correcto o no. Y saqué la conclusión de que sí, pero que sólo a medias.
Tal como comenté en su blog, y tal como sigo pensando, a mí lo que realmente me importa del #FollowFriday es dar a conocer a todos los demás las personas a las que voy siguiendo y me interesan. Por esa regla de tres, todas las personas a las que sigo, por un motivo u otro, me interesan. Así que en ese caso el #FollowFriday, para mí, estaría de más. Aunque no quiero dejarlo atrás, porque bien utilizado puede ser una herramienta genial.
Lo que hacía anteriormente es, de las personas que iba siguiendo durante la semana, las ponía en examen y las más participativas, con las que más conversación había mantenido, o que más me ha aportado lo que han ido diciendo iba añadiéndolas a una lista que yo mismo creé para ese propósito. Al margen, aunque no fueran nuevos en mi timeline, también recomendaba personas que conocía de hace más tiempo y con los que mantenía una relación más estrecha.
A partir de mañana mismo lo que pondré en práctica, y que la lista está ya creada y actualizada, será recomendar a los demás a todos aquellos que me han ido siguiendo durante la semana. Haya mantenido una relación más estrecha o no. Una de las ventajas que tiene esto es que, obviamente, si sigo a alguien es por algo… y sólo depende del tiempo que cada persona tenga el poder participar más o menos en Twitter, y por ende, tendremos más posibilidades o menos de coincidir. Es decir, con esta fórmula, evito una exclusión de personas por otra parte injusta.
En cuanto a los veteranos, por regla general no les incluiré en el #FollowFriday, pero seguro que más de uno se escapa porque cuando hay una lista de gente tan importante en un timeline es imposible no recomendar según qué personas.
Quizá este modo de usar el #FollowFriday no sea compartido por todos, incluso algunos estimen que es una tontería, pero pese a todo es mi modo de hacer uso de él y, algo que tiene Twitter que es muy importante, es que nadie dicta las reglas a seguir.
No obstante, ¿cómo soléis hacerlo vosotros?, ¿le veis utilidad al uso del #FollowFriday?, ¿qué os parece mi método?

Pues sí, la décimo primera edición de Gran Hermando se ha terminado. Ángel, el ganador. De entre los finalistas, diría que mereció ganar. Aunque no tanto si contamos todos los concursantes, que bien por un motivo u otro el público que vota estimó que no deberían haber ganado.
La edición de los récords la bautizaron: fue en la que más concursantes participaron, en la que más repescas hubo, la única en la que como concursantes entraron a la casa una madre y una hija, y también, la primera en la que dos miembros de una unidad familiar votaban por separado y no como una única persona; fue la edición más longeva, y quizá directamente proporcional a ésto fueron el número de reglas quebrantadas. Y por si todo lo anteriormente citado parece poco, es la única edición del mundo en que uno de los finalistas no ha sido nominado en todo el programa.
Y pese a todos los récords que ostenta, que no son pocos, siempre a mi modo de ver creo que es una de esas ediciones que pasará sin pena ni gloria. Que, siendo benevolente, auguro que quedará en nuestra memoria hasta que la siguiente edición dé comienzo. No más. En todo caso, y quizá ni eso, será recordada por la edición en que unas gallegas que, entonces, ni recordaremos cómo se llamaban, cantaban una canción muy moñas siempre que tenían algo que celebrar… o porque les daba la gana, sin motivo aparente. Como un acto de posesión incontrolable.
Esta edición no ha tenido un Ismael Beiro, no ha tenido tampoco ningún Iván Armesto ni ningún Iñigo González que recordar; menos aún ha tenido un Iván Madrazo y, ni por asomo, un Pepe Herrero. Ninguna Beatriz González a la que poder imitar, ni ningún Nicky Villanueva al que recordar cuando, efusivo, solicitaba los papeles de la paella. Tampoco tuvo alguien como el emblemático Jorge Berrocal, que aunque un poco llorón (a mi parecer), se ganó la simpatía del público… Y tantos otros que seguramente me dejaré. Y quizá, los que más caña podían habernos dado, han sido los que, injustamente o no, no han podido llegar a la final. Cosas de la vida.
Quizá la máxima protagonista de esta edición, siendo que en un programa de esta índole debería ser lo último que llegara a suceder, haya sido su presentadora: Mercedes Milá. Que no como en otras ocasiones, haciendo gala de sus buenas dotes como periodista y comunicadora, nos ha deleitado esta vez con un favoritismo y una mala educación que roza la sinvergonzonería.
La casa se ha quedado vacía en espera de la próxima edición. Hasta la vista.