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	<title>Francisco Javier Palacios Pérez &#187; relatos</title>
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		<title>El coche fantasma</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Nov 2010 21:53:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javi</dc:creator>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>

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<p>Era una fría madrugada de diciembre. Como cada día, Lucía se levantaba muy pronto para acudir a tiempo a su cita laboral. No sabía por qué, pero ese día se encontraba inquieta, nerviosa&#8230; No había razón alguna, pues iba a ser un día monótono: tenía informes pendientes que debía terminar por la mañana, comer con su hermana como solía hacer de vez en cuando, una reunión con el jefe por la tarde, y terminar la jornada laboral adelantando el trabajo para el día siguiente. Nada fuera de lo común. Aún así, se sentía extraña.</p>
<p>No importándole, bajó al garaje como siempre hacía, a montarse en su flamante bicicleta e ir al trabajo de ese modo. Le gustaba hacer un poco de deporte mientras iba al trabajo, desatendiendo completamente cualquier indicación de gente cercana que le recomendaba no ir sola a esas horas de la madrugada en bicicleta. Nunca pasó nada malo&#8230; así que nada malo podría o debía ocurrirle.</p>
<p>Abrió la puerta del garaje con su mando, se montó en la bicicleta y comenzó a pedalear, no sin antes haberse asegurado que la puerta del garaje estaba completamente cerrada. Avanzó por las calles de su barrio hasta ir abandonándolo poco a poco ya que salía con tiempo suficiente como para poder llegar sin prisas. A esas horas no suele haber nada de tráfico, le encantaba la libertad que sentía, porque rara vez se cruzaba con algún otro vehículo por esa zona. Aunque esta vez era diferente, un resplandor a lo lejos perturbó su calma. Era un coche, no pasaba nada -pensó. Ese coche se le fue acercando más y más hasta llegar a su altura. El coche avanzó muy rápido -era normal, ya que ella iba en bicicleta-, pero a su altura se detuvo&#8230; Intentando no molestar al coche, Lucía se arrimó un poco para dejarle el espacio suficiente para que pudiera adelantarla, aunque no lo hizo. Siguió pedaleando, y más adelante donde pudo arrimarse de nuevo, lo hizo&#8230; aunque con el mismo resultado, tampoco adelantó. Y cabreada, paró completamente la bici para que pasara, pues ya empezaba a sentirse algo molesta. A la misma vez, el vehículo que la precedía también se detuvo&#8230; aunque la sorpresa no sería esa, que también, la auténtica sorpresa de Lucía fue cuando, al girarse a ver qué pasaba, se percató de que en el asiento del turismo no había nadie, ¡nadie pilotaba ese coche!</p>
<p>No podía creerse lo que estaba viendo, así que pensó en lo mal que se sentía, cerró los ojos y los abrió de nuevo. Y en efecto, nadie estaba en ese coche, ¡conducía solo! Nerviosa y apresurada se puso a pedalear, con todas sus fuerzas, lo más rápido que podía. Nunca había pedaleado a tal velocidad. Se giraba, y veía de reojo como el coche le perseguía a la misma velocidad que ella era capaz de desarrollar con su bicicleta. No se separaba para nada, y el coche seguía circulando sin nadie al volante. Su corazón cada vez latía más y más deprisa, sus pulsaciones alcanzaban números de vértigo, apunto del infarto. Se notaba que no podía más&#8230; aun así, seguía. Veía como el coche la perseguía, y eso le hacía sacar fuerzas de donde no las había para seguir pedaleando, pese al estado de nervios en el que se encontraba&#8230;</p>
<p>Una piedra en medio del camino precipitó su caída, una caída que había llegado en el momento que menos esperaba, ya que fuera lo que fuera que le perseguía, la había alcanzado. Al caer al suelo, olvidándose de las magulladuras y golpes recibidos, sólo pensó en mirar hacia atrás, el coche seguía ahí, parado&#8230; De repente se dio cuenta que, a unos 300 metros, había un hombre paseando a su perro; gritó y pidió ayuda. El hombre tan rápido como pudo, acudió al lugar del accidente&#8230; aunque la mayor sorpresa de Lucía no habría sido ninguna de todas las vividas. Ésta vino cuando el hombre le preguntó qué le había pasado, y ella le dijo que el coche que estaba ahí parado estaba persiguiéndola y se cayó&#8230;</p>
<p>El hombre la miró asombrado durante unos segundos y poco después le respondió que ahí no había ningún coche&#8230; El cruce de miradas y la cara de perplejidad de ambos eran dignas de una fotografía. Lucía miró de nuevo hacia donde estaba el coche, y en efecto, había desaparecido. Aunque el hombre en ningún momento logró ver nada, ni siquiera cuando Lucía pasó a toda velocidad por delante de su perro y él.</p>
<p>A día de hoy, Lucia sigue preguntándose qué pudo pasar aquel día. Desde entonces, optó por seguir los consejos que hasta el momento sistemáticamente había rechazado, no volvió a ir nunca más al trabajo en bicicleta. Aunque seguramente&#8230; ésta no fuera la causa. Quizá en el momento menos esperado, le suceda algo similar en el trayecto de su casa al trabajo con su coche&#8230; ¿Quién sabe? Quizá hasta pueda ocurrirte a ti.</p>
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		<title>La cara de la muerte</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Jun 2009 11:50:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javi</dc:creator>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras la petición de una amiga inauguro esta sección intentando exprimir lo máximo posible mi mente para crear al menos un intento de relato de misterio. Aunque por descontado no estaré a la altura, toda mi inspiración viene de Teo Rodríguez, en este caso del relato titulado Conectado. Vamos allá. La historia que hoy os [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://blog.fjp.es/wp-content/uploads/relatos.png" alt="relatos" title="relatos" width="500" height="112" class="centro size-full wp-image-634" /></p>
<p>Tras la petición de una amiga inauguro esta sección intentando exprimir lo máximo posible mi mente para crear al menos un intento de relato de misterio. Aunque por descontado no estaré a la altura, toda mi inspiración viene de <a href="http://teorodriguez.com" onclick="pageTracker._trackPageview('/outgoing/teorodriguez.com?referer=');pageTracker._trackPageview('/outgoing/teorodriguez.com?referer=');">Teo Rodríguez</a>, en este caso del relato titulado <strong>Conectado</strong>. Vamos allá.</p>
<p>La historia que hoy os quiero contar sucedió hace algunos años en un inhóspito pueblo de nuestra península. De calles estrechas, como cual laberinto, y cuestas que producirían languidez a todo aquel que pretendiera subirlas sin haberse avezado en ellas. Es en la parte más alta de la montaña que flanquea dicho pueblo donde reside una familia adinerada que, hartos del estrés de las grandes urbes, decidió asentar su morada en el sitio más recóndito que pudieran encontrar.</p>
<p>La residencia de los González Latorre -que así se llamaban- contaba con todo tipo de lujos, más de los que cualquier familia entonces pudiera tan siquiera soñar. Impensables hasta el momento en aquella zona. Eran envidiados y sus bienes codiciados por todos los habitantes de la comarca. Aunque no por ello sospechaban que pudieran haberse creado algún enemigo, pues siempre trataron de ser generosos con quienes les correspondían.</p>
<p>Así pues, una de tantas noches, los padres dejaron solo a Ricardo: el hijo menor de la familia. Solían acudir a fiestas que se celebraran por la zona, a cenar a los restaurantes más caros que se pudieran encontrar, o simplemente a dar un paseo por los espléndidos bosques de penetrantes árboles, ávidos de tocar el cielo con sus copas, que se aposentaban en las inmensas laderas que recogía la zona.</p>
<p>Sin nada mejor que hacer Ricardo se conectó a Internet. Quería ver si alguno de los amigos que dejó atrás por las grandes urbes donde sus padres le habían hecho pasar sus días estaba conectado. Pensó que conversar con alguien sería una manera de que pasaran las horas hasta que le entrara el sueño. Al abrir el programa sus ojos deslumbraban una claridad especial pues acababa de presenciar el mayor número de contactos conectados simultáneamente. Los tenía a todos. Saludó a uno al azar pero no hubo suerte, no le contestó. Probó con otro y la experiencia volvió a ser nefasta, tampoco hubo suerte. Así probó con hasta cinco contactos más, sin que ninguno diese señales de vida. De repente todos ellos se desconectaron, no quedaba nadie. Qué raro -pensó-, aunque achacó el extraño efecto a una de las tantas anomalías que se producían en una zona donde apenas se podían contar con los dedos de una mano quienes entonces tuvieran conexión a Internet. Sin más se dispuso a reiniciar el ordenador, esperando que tras el nuevo intento todo funcionara como siempre. Aunque no fue así. Cuando conectó de nuevo seguía sin haber nadie conectado, aunque esta vez percibió un aviso de petición de nuevo contacto. Nada fuera de lo normal si no fuera porque la dirección electrónica desde la que pretendían agregarle era <strong>vasamorir@hotmail.com</strong>. Al verlo sonrió. Pensó que sería una de las tantísimas bromas que su más reciente amigo, Luis, le había gastado. Sin dudarlo aceptó, abrieron conversación y comenzó increpándole que esta broma no tenía gracia:</p>
<blockquote><p>- Luis, ya está bien, ¿no? Esta broma ya no tiene gracia.<br />
- ¿Broma? Yo de ti no lo vería como una broma. -respondió la persona que estaba al otro lado-<br />
- ¡Joder, Luis! Ya vale con el jueguecito. Deja de hacer el tonto.<br />
- Puedes tomártelo como un juego si quieres, aunque no creo que te vaya a hacer mucha gracia.</p>
</blockquote>
<p>Las respuestas de la persona que se encontrara detrás de esta, supuestamente, broma pesada eran casi automáticas. Era imposible que le diera tiempo a escribir a tal velocidad, casi adelantándose a los pensamientos que él tenía. Lo primero que se le pasó por la mente fue apagar el ordenador y rápidamente llamar a sus padres por teléfono, para que acudieran a casa lo más rápido posible. El ordenador lo apagó desconectando el cable de la pared, cogió rápidamente el móvil y marcó el número de su padre. Aunque algo más raro todavía sucedió. La cobertura móvil en ese pueblo, debido a la altura del mismo, era envidiable. Y ahora mismo acababa de quedarse sin cobertura. Cada vez más nervioso acudió al teléfono fijo, donde no importaría el extraño motivo por el cual se había quedado sin cobertura. Igual que antes, sin llegar a sonar el primer tono el teléfono perdió la señal. Aunque un ruido familiar sonaba cada vez más alto desde la habitación donde tenía el ordenador. Inexplicablemente la pantalla estaba encendida, con la conversación anteriormente mantenida habiendo añadido en su ausencia una desafiante carcajada y una pregunta muy directa: &#8211; <strong>¿A quién querías llamar, Ricardo?</strong></p>
<p>Cada vez más nervioso lanza un grito de impotencia hacia el ordenador, con todas sus fuerzas, como si esperara que el individuo estuviera cerca y pudiera oírle. &#8211; <strong>¡DÉJAME EN PAZ!</strong>, dijo. De nuevo apareció en la pantalla una carcajada acompañada rápidamente de un texto amenazador donde podía leerse: &#8211; <strong>¿Que te deje en paz? Te dejaré en paz cuando acabe contigo</strong>. Rápido corrió hasta la puerta de entrada a la vivienda, trató de abrir la puerta apresuradamente con intención de abandonar aquella pesadilla e ir en busca de ayuda. La puerta estaba cerrada. Tembloroso sacó las llaves de su bolsillo y, empleando más tiempo del que en cualquier otra ocasión hubiera necesitado, consiguió meter la llave en la cerradura pero ésta daba vueltas sin que la cerradura se abriera. Estaba rota. Se dirigió rápido a una ventana para salir por ahí, pero estaba atrancada. Se apresuró a la siguiente pero también estaba atrancada, no había forma de abrirla. Repasó todas y cada una de las ventanas de la casa, incluso la puerta del jardín, pero todo estaba atrancado. Era como si alguien quisiera haberle encerrado dentro de la casa.</p>
<p>De repente escuchó unos pasos, y de la puerta de la entrada de la casa empezó a escuchar sonoros estruendos como si alguien empuñara una maza y quisiera derribar la puerta. Estaba perdido, no sabía qué hacer ni dónde meterse. Rápido corrió hacia el piso de arriba a encerrarse en la habitación más alejada que había. Delante de la puerta colocó cuantos muebles se encontraban allí consiguiendo así evitar que aquella persona o animal que seguía incesante dando golpes a la puerta entrara en su refugio. Los golpes seguían sonando más y más hasta que de repente dejó de oírse nada. Se asemejaba a una mañana de primavera donde hasta con un poco de atención se pueden percibir los cantos de los pájaros. Pensó que aquello que fuera lo que estaba intentando entrar a su casa había desistido tratándose de una puerta blindada que, teóricamente, es difícil de abrir. Aunque el ruido que las maderas del piso de la casa hacen cuando se camina por encima de ellas arruinó sus esperanzas. Sea lo que fuera lo que estaba intentando entrar en su casa lo había conseguido. Sólo quedaba una vía de escape, y es que al abrirse la puerta la alarma conectada con la seguridad privada de la casa habría alertado de una entrada sospechosa al inmueble. Quedaba únicamente esperar a que los servicios de seguridad acudieran en su rescate.</p>
<p>Con todas sus fuerzas descargaba su reducido peso contra la puerta que hacía de frontera entre lo que quiera que estuviera detrás y Ricardo. Cada vez los pasos se escuchaban más próximos y podía percibir una frase en un idioma que no conocía que repetía una y otra vez, incansable, balbuceando&#8230; Podía asemejarse a una especie de oración que no podía entender.</p>
<p>Los mismos golpes que había escuchado en la puerta de entrada ahora estaba escuchándolos aquí. Aunque esta puerta no aguantaría lo mismo. Nada más podía pensar en que de un momento a otro llegara la policía a casa, porque realmente no tenía ya nada que hacer. Hasta que un sonoro estruendo abrió completamente la puerta dejándole entrever a Ricardo una persona muy alta, completamente tapada por una túnica negra y una máscara en cuyos agujeros para los ojos y la boca podían apreciarse tres medias lunas resplandecientes. En ese momento una potentísima luz que brotaba del cuerpo de aquella persona que estaba asomada en la puerta le cegó completamente&#8230;</p>
<p>A la mañana siguiente, cuando sus padres llegaron a casa, asustados tras ver la puerta de la entrada totalmente destrozada recorrieron toda la casa en busca de su hijo quien por más que llamaban no contestaba. Lo primero que les vino a la cabeza es que lo habrían raptado, pero la realidad fue muchísimo peor. Cuando llegaron al cuarto donde había pasado sus últimas horas Ricardo se encontraron con el cadáver de su hijo descuartizado, sangre por todas partes y sobre el difunto cuerpo una nota que decía <strong>Te advertí que no era una broma</strong>. Los padres a día de hoy siguen en terapia por lo que aquella mañana vieron y que nunca podrán olvidar; se mudaron y ahora viven en el extranjero. En cuanto al crimen, la policía a día de hoy aún no ha resuelto el caso pues de ninguna parte pudieron extraer huellas que pudieran inculpar a alguien&#8230;</p>
<p>Lo que nunca sabrán&#8230; es que esas tres medias lunas que Ricardo vio antes de morir eran&#8230; la cara de la muerte.</p>
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